Deja de dar masajitos. Empieza a transformar rostros de verdad.
En el mundo del masaje facial todo el mundo promete “efecto lifting”, “relajación” y “energía”.
Y luego llega la clienta, se tumba, le pasan dos cremitas, tres movimientos sin fuerza… y se va exactamente igual que entró.
Eso no vale nada.
Si quieres ser facialista profesional —de las que tienen lista de espera, de las que suben precios sin miedo y de las que las clientas recomiendan a su madre— necesitas técnica.
TÉC-NI-CA.
La que transforma caras.
La que se nota.
La que hace que la clienta abra los ojos y diga:
“Guau… ¿qué me has hecho?”
Y ahí entro yo.
Te puedo enseñar masaje facial japonés Kobido, el auténtico, el que aprendí con el japonés Mochizuki, y Shizendo, un método que he creado yo después de más de diez años haciendo masajes faciales como si no hubiera un mañana. Y te enseño como se enseñan de verdad: con tus manos en movimiento, corrigiendo presión, velocidad, respiración y secuencia.
Nada de vídeos.
Nada de “teorías energéticas que suenan bonito”.
Aquí se trabaja. Aquí mejoras.
Si estás cansada de sentirte una más… si sabes que tienes talento pero te faltan herramientas… si quieres convertir tu profesión en algo rentable de verdad…
Entonces ven.
Si buscas otro curso para coleccionar diplomas, no vengas.
Aquí solo quiero gente que quiere vivir de esto.
Las plazas son pocas porque te toco la mano, literalmente:
te corrijo, te aprieto, te exijo.
Y cuando salgas, serás otra.
Y tus clientas también.